La educación está viva

La educación está viva.
Cada niño es diferente y necesita que sus adultos de referencia centremos la mirada de manera profunda en el ser que tenemos delante.
Sin embargo, para ello los adultos antes hemos de ser capaces de adentrarnos en nosotros mismos y conocernos bien. Sólo de esta manera podremos conectar con el niño y podremos percibir qué necesita éste en cada momento.
Ser adultos conectados y presentes es un proceso constante…

Una metáfora para reflexionar…
Una semilla tiene dentro toda la información de lo que necesita para poder desarrollarse, sabe cuándo dar cada paso para manifestar todo su potencial. Esto normalmente nos resulta sencillo de asumir y aceptamos fácilmente que la semilla tiene su proceso, dejándola avanzar a su ritmo.
Traslademos esto mismo a la infancia… Cada niño nace ya con su propio plan interno. Sabe en qué momento tiene que ir desplegando cada una de sus capacidades; sabe interiormente qué pasos tiene que dar, es algo natural.
Tanto la semilla como el niño son manifestación pura de la Vida, no pueden dejar de saber y realizar su plan interno.
Sin embargo, la aceptación que tenemos en el proceso de la semilla no nos resulta tan fácil con el niño. Muchas veces queremos controlar la evolución de los procesos en la infancia, incluso pensamos que esta evolución es el resultado nuestras intervenciones…

Cuestionemos esto.
Como observador externo, ¿habitualmente quiero decidir en qué momento debe el niño realizar cada avance?…
¿Le digo lo que tiene que hacer sin percibir si es lo que realmente el niño está sintiendo?…
Cuando creo que algo es ‘bueno’ para él, ¿se lo impongo?…
¿Son necesidades que están realmente en el niño o se trata de mis propias necesidades?…¿Quizás de necesidades de mi niño interior no escuchado, no suficientemente amado?…

Entonces, ¿cuál es nuestro papel como adultos que acompañamos?
En mi opinión es simplemente el de ofrecer un entorno que pueda garantizar el desarrollo de las capacidades naturales de cada niño en el momento que éste lo sienta.
Así como a la semilla le ofrecemos agua, sol y nutrientes, brindemos al niño lo que en cada momento precise, para que él pueda nutrirse de ese entorno y florecer.
Para ello tenemos que observar mucho, muchísimo, sólo así desarrollaremos sensibilidad para captar las señales que el niño nos manda constantemente.
Limitarnos a estar en nuestro lugar de guía, de observador, de apoyo…
Y sobre todo aumentar nuestra confianza en el plan interno de cada niño. Vincularnos con él.

Para avanzar por este camino es esencial que los adultos nos adentremos en nosotros mismos, porque cuando recibimos a un niño lo hacemos con todo el bagaje de experiencias que hemos tenido a lo largo de nuestra vida. Con la propia educación recibida, con necesidades que fueron más o menos escuchadas, más o menos ignoradas…

De este modo, siendo conscientes de nuestra historia personal y de lo que nos pasa por dentro, podemos dar nuestra presencia al niño.
Estar presentes en el aquí y ahora con él, con todo lo que surja. Sin pretender controlar.
Al estar presentes damos nuestra esencia, somos auténticos, nos mostramos tal y como somos.
Y es así, desde el respeto hacia nosotros mismos y hacia el niño, como le invitamos a que sea como es, a que brote de él todo su potencial.

Se trata de un diálogo constante, de autoindagación y de apertura hacia el niño. Escuchando, qué me pasa a mí y qué le pasa a él.
E insisto, esto tiene una parte de innato pero mucho de ser cultivado. Autoobservarnos, conocernos, hacernos conscientes de si estamos siendo nosotros mismos, en esencia, o si se nos están activando mecanismos automáticos.
Los mecanismos automáticos cuando nos relacionamos con niños nos hacen repetir patrones socialmente aceptados pero no profundamente cuestionados y que no ponen el foco en la infancia, sino en lo que es ‘correcto’ o en lo que se ‘debe hacer’ o en cualquier necesidad de adultos que no ven al niño… Esto confunde profundamente al niño.
El niño siempre necesita presencia auténtica de quien le acompaña.
Necesita ser visto con el corazón.

¿Cómo podemos aplicar esto en la vida real?
¿De qué requiere concretamente el niño para realizar de manera óptima su propio plan interno?
Propongo una perspectiva de la educación libre. Ofrezcamos a los niños de nuestra vida constantemente la posibilidad de movimiento independiente, de expresión de su propia creatividad y de juego autónomo.
Sin intervenir. Sin etiquetas de cómo y cuándo lo debe hacer. Sin limitaciones innecesarias.

Hay grandes conquistas que el niño necesita realizar en los primeros años de vida para pasar de la completa dependencia a la autonomía.

Pero, cuidado, no caigamos en el error de pensar que poder actuar y expresarse libremente implica ausencia de límites. Precisamente el niño vinculado necesita de la contención que le dan los límites del adulto, los necesita para sentirse acogido.
El vínculo es algo inherente y además indispensable para el desarrollo de la autonomía…
Se trata de permitir el nivel de autonomía adaptado a su etapa de desarrollo, desde el vínculo.

Durante los meses de gestación el bebé encuentra contención, seguridad física ininterrumpida; tiene alimentación constante; vive en un ambiente sin cambios bruscos, hay suavidad y tranquilidad; y está en conexión continua con la madre.
Como mencioné anteriormente en este post, debido al alto grado de inmadurez e indefensión con el que los seres humanos nacemos (desde la biología se dice que nacemos altamente prematuros) lo que necesitamos es una continuidad de las cualidades y el entorno que teníamos en el vientre materno.
Esto hace que durante los primeros años de vida el niño tenga la imperiosa necesidad de vincularse para saber que puede sobrevivir.
Su organismo está preparado para crear ese vínculo desde el nacimiento, y por ello se fusiona con la madre, no se sabe individuos separados. Y en momentos en que la figura materna se aleje temporalmente, el niño necesita sentir el vínculo con otra persona… Idealmente el padre, ocasionalmente otros familiares o educadores.
Por ello, seamos madres u otro adulto que acompaña, si queremos que el niño pueda expresar todo el potencial que está en su interior, necesitamos entender que el desarrollo de la autonomía se realiza muy poco a poco pero de manera constante en los primeros años de vida…

Existe un paralelismo entre el desarrollo motriz y el emocional.
Primero el bebé está en fusión -la díada emocional mamá-bebé-, necesita de esta fase para tener seguridad en un vínculo estable. Y es precisamente al tener este vínculo estable como referencia que puede iniciar el proceso de separación emocional.
Un niño que sabe que el vínculo lo sustenta, se sentirá capaz de empezar a alejarse de ese núcleo para explorar. Esto también se conoce como apego seguro.
Al igual que un escalador de montaña, el niño que tiene un buen “campo base” se atreve a ir, a explorar, porque sabe que si las situaciones ambientales se complican puede volver al lugar seguro.
Esto es el vínculo. “Voy hacia el mundo si tengo una base segura, un adulto que me garantiza respuesta a mis necesidades esenciales”.

Por ello, insisto, la autonomía tiene que ser un proceso deseado, partir de la iniciativa del niño.
Autonomía como iniciativa propia es muy diferente de adiestramiento y obediencia.
Y esto tiene relación directa con la autoestima, con sentirse una persona capaz.
El deseo de accionar, de hacer algo por sí mismo; el ver que puede hacerlo y que además el adulto que le acompaña le transmite la confianza de que es capaz. Esto es el desarrollo deseable de la autoestima.

Algunas pistas para acompañar…

Permitir el movimiento libre sin interferencia de los adultos. Se trata de no llevar al niño a posiciones que no ha sido capaz todavía de alcanzar por sí mismo: sentarse, caminar,… Ni pedirle que lo haga.
En este sentido es importante la disposición física: el ambiente ha de estar adaptado de tal manera que permita el desarrollo de los retos motrices en cada etapa y al mismo tiempo que sea un entorno seguro.
Y hay también una disposición mental: los adultos necesitamos cambiar el foco, admitir que hay destrezas motrices desde el nacimiento y que están en constante proceso. No fijarnos sólo o dar valor únicamente al ‘¿ya camina?’ o ‘¿todavía no camina?’ por ejemplo, sino ver toda la evolución y todas las posturas y exploraciones intermedias que el niño está alcanzando. Igualmente incoherente es la comparación entre los procesos de diferentes niños. Sería absurdo ya de adultos, decirle a alguien ‘yo caminé a los 13 meses ¿a qué edad caminaste tú?’…

Fomentar el juego libre y la creatividad, esto implica que no haya actividades dirigidas.
El juego es algo que debe partir de un deseo propio. Nuestra intervención no es conducirlo ni controlarlo, sino sencillamente poner las opciones de materiales y generar propuestas estimulantes para que cada niño vea cuáles son sus deseos y sus ganas de explorar.
El juego en la infancia es muy importante, a través de él se da el aprendizaje. Si el niño no lo desea, si no es su momento, a nivel neuronal no sirve para nada, el aprendizaje no se da.
Y una vez más nuestro papel será observar. A través del juego, el niño nos dice qué necesita, qué le gusta,… Y observándole en el juego le mostramos que hay una relación afectiva de calidad, le decimos que le estamos viendo y que nos importa saber quién es. No necesita la intervención del adulto respecto al juego, sino respecto a él como ser único.

Recomiendo un documental muy lindo sobre el juego en la infancia:
http://imaginelephants.com/es/

Realizar contacto de respeto y de calidad. Reflexionemos sobre cómo accedemos al cuerpo del niño…muchas veces interactuamos de manera poco respetuosa por el solo hecho de ser un niño.
Informarle verbalmente de lo que le vamos a hacer “te voy a quitar la ropa“ “te voy a cambiar el pañal” “te voy a sentar en la silla” “ahora necesito que me ayudes…”.
Y no tener prisa, olvidar el reloj, algo que personalmente me cuesta más. Esperar. El niño siempre nos muestra cuándo es su momento para la interacción.

En el día a día existen violencias muy sutiles en cómo tratamos el cuerpo pequeño, como si nos perteneciese…
Aprendamos a tener la sensibilidad y el respeto por el cuerpo y por los tiempos.
Esto le ayuda al niño a tomar de conciencia de sí mismo, pues está aprendiendo que es alguien diferente y que tiene voluntad propia. Se permitirá tener sus propios gustos y hacer respetar sus limites.
Además, al sentirse respetado, podrá respetar.
Respetar tiempo. Respetar movimiento.

La educación está viva. No hay correcto o incorrecto, no existe lo que está bien o mal… Deshagámonos de los antiguos paradigmas.
Como adultos al cuidado, desarrollemos la sensibilidad para percibir las necesidades del niño en cada momento. ¿Qué está pidiendo de mí este ser único? Eso será lo adecuado. No tienen cabida las creencias limitantes, lo que se haya hecho durante años por seguir una tradición o simplemente por inconsciencia.

Lo que un niño más necesita es sentirse visto, con su individualidad, con sus necesidades propias. De este modo puede generar vínculo y tener seguridad para crecer a su manera, absolutamente única.


Recomiendo algunos libros (*links afiliados):

“Positive Discipline the first three years: from infant to toddler – laying the foundation for raising a capable and confident child”, Jane Nelsen, Cheryl Erwin and Roslyn Ann Duffy
https://amzn.to/2Y6rWHL
(En español) “Disciplina Positiva los tres primeros años”, Jane Nelsen, Cheryl Erwin and Roslyn Ann Duffy
https://amzn.to/3d63HOl

“The Montessori Toddler: a parent’s guide to raising a curious and responsible human being”, Simone Davies
https://amzn.to/3hHTMSH


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